¿En dónde estarás?

sábado, 1 de diciembre de 2007 | |

¿En dónde estarás?
Por Javier Moro


Hace unas horas estaba pensando en A. Hace mucho que no la veo. No tengo noticias de ella. Sé que se fue a los Estados Unidos, a FRISCO, como dirían los viejos beats. Con su novio gringo que conoció en Arizona en su viaje anterior. Me contó que iba a trabajar, que se iba en Octubre. O sea hace más de dos meses. Y todavía no sé nada de ella. ¿Qué estarás haciendo A.? No lo sé. No tengo idea.

No recuerdo bien como la conocí. Recuerdo que la vi en la cafetería. Y me cayó mal. Por mamona. Por cara de dura. Por cara de mala. Sucia y fogosa. Debo reconocer que pensé que no me gustaba precisamente porque me atraía, me gustaba. Por eso me cayó mal. Y después se hizo novia de O. No me importó. A pesar de que con O. había pasado algunas buenas horas, no era precisamente mi amigo. Y además pertenecía a la banda de izquierda fresa que tan mal me caía. A pesar de que los conocía a casi todos. Y que casi todos ellos me conocían, lo cuál era mucho peor.

Después A. e I. coincidieron en algún salón y se hicieron amigas. Mal para mí. Mal pues yo estaba pasando por la peor etapa de mi vida. Bueno, la peor no, tampoco hay que exagerar. La más humillante y triste. No estudiaba, iba a la escuela. Entraba a la biblioteca. Leía algún libro que caía en mis manos. Leía y leía. Para después aparecer por los jardines a fumar mota. Y fumaba y fumaba. Y a todos les decía que estudiaba. Me inscribía y me daba de baja. Los semestres los cursaba en los jardines fumando marihuana, discutiendo sobre arte, política, fútbol, algo de literatura, algo de periodismo. Y jugando fútbol. Y nada más. Pero nadie lo sabia(Mmás de uno lo sospechaba. Seguro). Pero nadie lo sabía. Ni mis amigos. Ni I. Ni A. Ni mis padres. Aunque ellos también lo sospechaban.

Después terminé con I. Se enteró que no estudiaba y que le mentía a todo mundo. Ahí fue cuando me di cuenta de que debería ser escritor. No me di cuenta de que lo era. Solo lo sospeché. Sí miento tanto, debería escribir, pensé. Al fin y al cabo es lo mismo. O por lo menos algo muy parecido. Pero ya no estaba con I. Y pasaba la mayor del tiempo con los amigos que la marea baja me habia dejado. Amigos que no preguntaban. Que lo sospechaban todo pero que no preguntaban. Esos son los verdaderos amigos: aquellos que esperan que estés listo para hablar, listo para encararte con tus propias humillaciones. Y uno de mis amigos compartía casa con A. Así que ahora la veía más seguido que antes. No mucho, pues ella casi no paraba por su propia casa. Estaba más entretenida con la banda zurda fresa que con los pachecos, así que casi no la veíamos en su casa. Y digo veíamos pues una vez que terminé con I. Su casa no fue más mi casa, así que tuve que buscar un nuevo centro de operaciones. Y ese fue la casa de R. en Santa. Una linda casa de campo con una vista espectacular de la ciudad. Fría y húmeda, con algunos cuartos en obra negra, pero lo suficientemente espaciosa como para recibir con regularidad a una buena cantidad de marihuanas y pachecos listos para fumarse toda la marihuana del mundo. Y con una tienda ubicada a escasos metros de la puerta de entrada. ¿Qué más se podía pedir?

Después creo que un buen amigo tuve algo que ver con ella. No sé mucho. No puedo decir mucho. ¿Para qué, si prefiero las amistades basadas en el silencio y en el aguante, que en la sinceridad? La sinceridad sigue siendo una putada, una chorrada, una mamada. Sigo siendo escritor y la mentira esta bien recomendada. Sin embargo sé algunas cosas, porque los protagonistas de esta historia de amor me contaron algunas cosas. Y porqué en alguna ocasión me tocó intentar dormir junto a los tórtolos en una misma cama. Y a la mañana siguiente una voz amiga me pidió que me saliera del cuarto y le prestará un condón. Condón no tenía. Y lo de salirme del cuarto fue lo primero que hice. Me fui a la azotea a tratar de calentarme con el sol que empezaba a despuntar.

Meses después ella se fue a Centroamérica con su pareja, que había sido novio de I. y de su hermana, y con quién yo viví en playa durante un par de meses. Un gran tipo. Mujeriego, por supuesto. Pero las cosas no funcionaron durante el viaje y ella regresó, primero a Chiapas y después al DF. Y cuando regresó ya la ciudad la invité a mi casa a una fiesta. Una fiesta que fue un verdadero fracaso, pues no llegaron más de diez o quince personas. Pero esa noche dormí con ella. Claro que le prometí que de eso nadie se iba enterar, pero no soy muy bueno para guardar secretos. Así que al otro día se lo conté a mis amigos. Nadie se sorprendió.

Unos días después ella me hablo al trabajo: era día de pago y me invitaba a tomar una copa con unos amigos. Por el metro Portales, muy cerca del California Dancing Club, muy cerca de la casa de Monsiváis. En un café que durante el día era un despacho contable y por la noche se convertía en la Villa de Orsini: un café cantable, lugar de poesía, música y jazz. Y bebimos con unos amigos suyos que entregaban periódicos en motocicletas y que nos invitaron a irnos con ellos. Soy un cobarde, no me gustan las motoscicletas y menos cuando el conductor (por llamarle de alguna manera) ha bebido tanto o más que yo. Le dije que prefería quedarme. Y nos quedamos. Hasta la hora del cierre, cuando nos fuimos sin pagar la cuenta. No de manera intencional. Ya íbamos muy borrachos, nada más.

Empezamos a caminar sobre Tlalpán. El plan (por lo menos el de ella) era caminar hasta el Dos Naciones, en el centro. En Bolívar. Yo le seguí la onda. Y caminamos, caminamos durante un par de horas, platicando con prostitutas y travestís, que se burlaban de nuestra decisión por llegar hasta el centro. Varias patrullas fueron testigos de nuestro peregrinaje. Hasta que me harté. O me cansé, que es casi lo mismo. Y nos metimos, a duras penas, a un hotel, que esta junto al metro Xola (me gusto tanto que regresé después con dos chicas diferentes).

Intentamos hacer el amor, pero lo único que conseguimos fue sacar nuestros más bajos impulsos. Nos mordimos. En realidad me mordieron más a mí. Sobre todo en el cuello. Nos arañamos. Nos hicimos daño. Y nos quedamos dormidos. Al otro día ella se despertó; quería ir al centro a comprar material para hacer collares, dijes. Era un punk-hippie. Y me despertó. Como pude me fui a bañar. Después me vestí y me tiré a dormir de nueva cuenta. Ella me despertó espantada. Sus dientes se habían clavado con tanta furia durante la noche en mi cuello, que tenía más de tres moretones en él. Una cosa de vampiros. Yo ni siquiera me había dado cuenta.

Salimos a Tlalpán con un sol inclemente sobre nosotros. Caminamos, tratando de buscar un taxi, que nunca llegó Tal vez nuestro aspecto desmañanado, con los ojos rojos y las heridas en la piel les informaba que no éramos clientes de fiar. Ella me invitó a desayunar. Y después fuimos al banco, hasta Plaza Universidad. No me pregunten como llegamos hasta allá porque no lo recuerdo. De plaza universidad que era una verdadera locura nos fuimos a su casa, en donde nos esperaba mi amigo que había siso su amante. Estaba viendo televisión y cuando nos vio juntos no dijo nada. Tal vez pensó que era mi manera de tomar revancha. No lo sé.

Estaba viendo un partido de la selección olímpica de México. Ahhh sí, había unos juegos olímpicos en marcha, ahora recuerdo. La televisión se veía espantosa y más que ver el apaqrtido, teníamos que adivinar los movimientos de los jugadores. Me quedé dormido. Al final México perdió el partido y nosotros decidimos ir a comer al Ajusco. Quesadillas y sopa de hongos, acompañadas de cerveza. No estuvo mal.

Meses después me fui a Costa Rica. Al regresó me encontré con ella en un bar del centro de Tlalpán. Nos bebimos unas cervezas y una botella de vino. Ese día hicimos un pacto de caballeros. Nunca más tendríamos nada que ver. Seríamos amigos, nada más.

Esa noche nos fuimos a dormir con un poco de mezcal y muchos churros en la cabeza.

No fue la última vez que la vi. Ni la última que dormí cerca de ella, pero nos volvimos un par de caballeros. Y justo ahora me estaba preguntando en dónde estarás.

1 comentarios:

Karla Verde dijo...

me he pasado un rato delicioso leyendo tu blog, en particular esta entrada y la que habla de el grito, de Munch.

no quería irme sin dejarte un saludo, por aca te sigo visitando :)