Chavales del Arroyo

sábado, 26 de diciembre de 2009 | |




Chavales del Arroyo
Pier Paolo Pasolini
Edit. Nórdica


Roma, finales de la segunda guerra mundial, los soldados alemanes son la ley, o lo poco que quede de ella, pues la verdad es que la anarquía empieza a campear y los soldados alemanes están más preocupados por salir de allí llevándose lo que puedan con ellos, más que por imponer el orden en la capital de la república fascista. Lo cuál es aprovechado por los cientos de inmigrantes del interior del país que han llegado a la capital expulsados por la guerra y la pobreza, para hacerse con lo que pueden de los restos de la gran capital fascista.

Así empieza el cineasta y poeta Pier Paolo Passolini su primera novela de corte realista, “Chavales del Arroyo” publicada por primera vez en 1955 y traducida ahora por la editorial española Nórdica. Novela criticada en su momento tanto por la derecha italiana como por la izquierda, a la cuál pertenecía el autor, por ser, según sus críticos “demasiado realista”, por mostrar la vida de los jóvenes de las barriadas de la capital en una forma descarnada y cruda y por la utilización de un lenguaje tomado directamente de las calles. Un lenguaje sucio, arrabalero.

Y es que el director de cine, nacido en la ciudad de Bolonia en 1922 y asesinado en las calles de Ostia en 1975, se preocupó siempre por develar, pos conocer los extremos a los cuáles puede llegar la maldad humana, por lo que simplemente no le interesa enmascarar la vida de los jóvenes protagonistas de su novela, quienes deben de buscarse la forma de sobrevivir como sea en las duras condiciones de posguerra y en muchas ocasiones “ese cómo sea” implica entrar de lleno en la ilegalidad.

Porque Italia no era la gran potencia económica y la vida en la calle es dura y los chavales del arroyo sin educación y sin oportunidades de trabajo, imposibilitados de emigrar hacia “América”, simplemente hacen cualquier cosa por conseguir unas cuantas liras y meterse algo al estomago: robar, prostituirse, trabajar como cargadores.

Tomado al “Ricetto” como personaje central de un grupo de amigos, Pasolini sigue los pasos de estos jóvenes camorristas y engreídos por las calles y plazas de la ciudad eterna, preocupados solamente por conseguir el dinero suficiente para comer y beber esa noche y con suerte acabar en los brazos de alguna prostituta, por que para estos jóvenes no existe más futuro que el inmediato: acabar la noche y recuperar fuerzas, pues nunca se sabe lo que te puede deparar el día siguiente.

En la novela de Pasolini los personajes crecen y viven en un mundo en donde lo más importante es la hombría, los valores machistas, porque la calle esta llena de sorpresas y los débiles no duran mucho. Muchachos que sobreviven como pueden y que tienen que guardarse para sí sus más íntimos secretos, sus más fervorosos deseos: tener un cachorro, recordar los juegos infantiles, abrazarse con los amigos. Pero es justamente en esos momentos, en ls que el autor le permite a sus personajes mostrar sus sentimientos más íntimos, cuando la novela alcanza cumbres de verdadera belleza, pues en medio de tanta podredumbre y cinismo, aún es posible encontrar restos del alma humana: una sonrisa, un sentimiento tierno, la inocencia no contaminada.

Pasolini nos retrata la vida de estos chavales, irónicos y pedantes de una manera honesta y sincera: ninguno de ellos es un héroe en el sentido clásico, ninguno de ellos busca hacer el bien o cambiar su vida, superarse, salir de las calles. Ninguno reniega, buscan sobrevivir y en esa búsqueda esta todo permitido. Se toma lo que se puede de donde se puede. En “Chavales del Arroyo” no hay falsas moralidades. Justo ahí radica su fortaleza, su belleza. Pues el autor le es fiel a sus personajes. Algunos acaban, en la cárcel, algunos muertos, pero también esto es la belleza de la vida: algunos mueren como vivieron, sin pedir perdón. Sin necesitarlo siquiera.

Pasolini nos pasea de la mano por esa ciudad corrupta, que ha sido desde hace siglos la capital de todos los pecados humanos. Una ciudad en la que ladrones, borrachos, prostitutas y homosexuales comulgan en las mismas calles, en los mismos parques, en las mismas fuentes.

Director de películas como Medea, Saló o Pocilga, Pasolini nos deja ver los bajos fondos de la Roma post Segunda Guerra y lo hace tomando el lenguaje de las calles como mejor aliado. Sin ambages, sin medias tintas, con toda la fortaleza que el lenguaje asume en las calles, en los barrios, en las ciudades perdidas, en los arroyos de nuestras grandes ciudades, en donde, desde hace años, sobreviven miles de jóvenes de maneras desesperadas, cayendo en las garras de la delincuencia juvenil, buscando sobrevivir y tener lo que otros obtienen de una manera mucho más fácil y despreocupada. Porque los personajes de Pasolini sólo quieren lo que todos quieren: vino, mujeres, a veces un buen plato caliente, ¿Y porqué no? Un techo de vez en cuando sobre sus cabezas.

“Chavales del arroyo” es una novela profundamente lírica y hermosa en su desgarbado uso del lenguaje, que atrapa con claridad el humor bullicioso y belicoso de los barrios. Aquí Pasolini nos da un ejemplo claro de que no sólo fue uno de los más brillantes cineasta italianos de su generación, sino que también tenía un oído clínico para capturar las variedades del habla popular pues atrapa las voces, los ritmos, las entonaciones del lenguaje callejero, los ritmos y las burlas, la sorna y la picardía, el gamberrismo de las calles romanas que tanto le gustaban y tanto disfrutaba el auto, además de contar con un ojo fotográfico para capturar de manera preciosista los detalles luminosos tanto del alma humana como del entorno que la rodea.

“Chavales del Arroyo” es una gran ventana de la Italia post Musollini, al mismo tiempo que un lienzo del mundo nocturno, de las callejuelas y las plazas, del hampa de poca monta, de la prostitución y la pobreza. Pero al mismo tiempo es una novela que es al mismo tiempo es un texto hermoso y descarnado, un texto crudo y poético, una novela y un retrato histórico que nos recuerda la dimensión artística del malogrado director italiano.

Sólo queda agradecer la hermosa traducción Miguel Ángel Cuevas y la edición de la editorial Nórdica, quién trae hasta el español esta obra poderosa, luminosa, divertida.

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