La naranja mecánica

viernes, 4 de enero de 2008 | |

“La Naranja Mecánica” no solo es el título de la mejor novela de Anthony Burguess y no solo es una de las mejores películas filmadas por Stanley Kubrick,. No, La Naranja Mecánica también es la mejor obra de un artista de las canchas que fue bautizado como Johan Cruyff.


En cualquier caso a los aficionados al fútbol no nos queda más que dar las gracias por la magnífica exhibición de fútbol y goles que nos dejó para la historia aquel fuego naranja, como bien lo llama Eduardo Galeano.


La Naranja Mecánica u Holanda revolucionada.
Por Javier Moro


“La Naranja Mecánica” no solo es el título de la mejor novela de Anthony Burguess, no solo es una de las mejores películas filmadas por Stanley Kubrick. No, “La Naranja Mecánica” también es la mejor obra de un artista de las canchas que fue bautizado con el nombre de Johan Cruyff.

Holanda es famosa en el mundo entero por las obras de Rembrandt, Van Gogh, y por los pintorescos canales de Ámsterdam y por la importante zona roja de esa misma ciudad y sus coffee shops, en donde es posible encontrar la mayor variedad de marihuana a la venta legalmente. Pero no solo es famosa por todo eso. También es famosa en el mundo por la alegría creada por el juego desplegado por su selección de fútbol, una selección que respeta y ama a ese deporte, que sigue siendo el más popular en nuestro planeta que es redondo como un balón.

Para los aficionados al deporte de las patadas siempre habrá distinciones: Sí Italia es el campeón del mundo, pero la forma ultradefensiva en la que juega solo puede hacer felices a sus fanáticos, a nadie más. En cambio el fútbol alegre, desparpajado y ofensivo desplegado por la selección de Holanda en la década de los setentas del siglo pasado encantó a millones de espectadores y lanzó al olimpo del fútbol a su máximo representante: Johan Cruyff.

El buen Johan al cual yo nunca pude ver jugar, pero que como mago encantaba a la afición mundial en la década de los noventas como director técnico del hoy tan recordado Barcelona de Romario, Stoichov, Bakero, Guardiola y compañía: Un equipo de fútbol que respetaba a la tribuna y que jugaba con la precisión de una maquina.

El fútbol total desplegado por la selección de Holanda en la década dorada de los setentas, en la que llego a disputar dos finales de Copa del Mundo, era un dechado de virtudes físicas y técnicas; energía, precisión, desgaste físico, todo para completar de trazar un cuadro que tenía como lienzo las canchas del continente europeo.

Fútbol que volvía loca de contento a la tribuna y que llenaba el ojo de los admiradores de esa maquina imparable, que por desgracia y azares del destino nunca pudo levantar la copa de campeones del mundo.
Si en 1970 tuvimos la ocasión de disfrutar con la máxima expresión del fútbol "samba" ofensivo, de la mano de la Selección brasileña liderada por Pelé, en 1974 el mundo del fútbol volvió a disfrutar con una nueva versión del "Fútbol total". El sobrenombre de "La Naranja Mecánica", se les impuso como un homenaje al impacto provocado precisamente por el filme de Stanley Kubrik, estrenado precisamente ese año.
“La Naranja Mecánica" tenía en el banco a un gran técnico, Rinus Michels, quién puso en práctica un sistema rotativo en el que los jugadores no tenían posición fija, todos atacaban y todos defendían, algunas veces al mismo tiempo, pero sobre el terreno de juego tenía a todo un genio sobre el césped, un fino futbolista dotado de una cabeza privilegiada y de un infernal cambio de ritmo, llamado Johan Cruyff. Alrededor de esa figura, Michels, logró configurar una de las más potentes versiones del fútbol total jamás vista, apoyado en una base de extraordinarios jugadores salidos de la cantera del Ajax, con lo que terminaría por conformar una maquina en la que se acoplaron a la perfección: Una mágica generación de futbolistas holandeses entre los que destacaban Suurbier, Krol, Haan, Neeskens, Van Hanegem, Rep, Keizer, Resenbrick, Van der Kerkhof, Hulshoff.
Cruyff ejercía como líder, pues era un delantero de una movilidad extraordinaria, que aparecía por cualquier parte del terreno de juego y que destrozaba a sus rivales con sus movimientos entre líneas. Junto a él una serie de futbolistas de gran calidad y polivalencia, demostraban en todo momento qué debían hacer cada uno sobre el terreno de juego. Un periodista brasileño lo llamó "la desorganización organizada".

Holanda desplegaba un fútbol rápido, dinámico, ofensivo, con un sistema defensivo que aplicaba el fuera de juego, desplegándose y replegándose vertiginosamente en abanico. Todos tocaban la misma música y Cruyff era el director de orquesta y el músico de primera fila (trabajaba más que nadie), de una máquina en la que quizás solo chirriaba su guardameta, con más cualidades de jardinero que de portero.
En cualquier caso la máquina no se dañaba ni siquiera por su portero, sino hasta que chocó frontalmente ante la tradición alemana, un equipo con muchas batallas y con dosis de elegancia (Franz Beckenbauer), efectividad (Gerd Müller), seguridad (Sepp Maier) y talento (Wolfgang Overath). Los alemanes llegaron a la final con muchos problemas. En la primera ronda habían perdido con Alemania Democrática, en la segunda ronda apenas pudo con Chile, pero logró calificarse a la final, en donde venció a una Holanda que hasta ese momento había sido una máquina de hacer fútbol y goles.

Rinus Michels, era un técnico que apostaba claramente por el fútbol ofensivo y que tuvo como referencia a dos legendarios conjuntos, el "Wunderteam Austriaco” y luego los “Magicos Magyares” de Hungría, quienes le enseñaron el camino, no en vano en más de una ocasión el propio Michels reconoció que Holanda no fue la primera en practicar el fútbol que a él le gustaba.
Cuatro años después en Argentina y sin la presencia de Cruyff, quién se ausentó en protesta por las violaciones a los derechos humanos cometidos bajo la dictadura militar que gobernaba en aquellos años al país sudamericano, Holanda se enfrentó a la noche bonaerense y a la inspiración de un goleador llegado de última hora para integrarse a las filas del seleccionado pampero; el “Matador” Kempes, quién saldría en hombros, cargado por la multitud que abarrotaba el estadio “Monumental” del barrio de Núñez.

Holanda estuvo a un solo paso de tocar el cielo, pero la nueva versión de "La Naranja Mecánica" liderada por Neeskens y los hermanos Van de Kerkhoff, tropezó ante todo un país ansioso por festejar una alegría en una de las peores y más difíciles etapas por las que han tenido que pasar los argentinos en su historia.

“La Naranja Mecánica” sin embargo pasaría a la inmortalidad. Muchas veces se dice hasta el hartazgo que nadie se acuerda del perdedor, que los segundos lugares solo pasan al panteón del olvido. Y sin embargo esta selección holandesa rompe de tajo con este mito: Es más recordada que las selecciones que las vencieron en las finales.

Años después, Rinus Mitchells tendría su revancha al frente de una nueva generación de jugadores encabezados por Ruud Gullit, Marco Van Basten y Frank Rikjard, con los cuáles obtendría por fin un título de renombre, para terminar de darle lustre a su ya enorme leyenda: La Eurocopa de 1988, jugada precisamente en tierras alemanas, venciendo en la final a la poderosa escuadra de la Unión Soviética, jugando otra vez en el campo de el Estadio Olímpico de Munich. Esta vez la nueva versión de “La Naranja Mecánica” era dirigida por futbolistas de raza negra, por la cuál eran conocidos como “Los Tulipanes Negros”. Y sin embargo esta selección holandesa tampoco lograría el sueño de ganar la Copa del Mundo, disputada dos años después en Italia.

En cualquier caso a los aficionados al fútbol no nos queda más que dar las gracias por la magnífica exhibición de fútbol y goles que nos dejó para la historia aquel fuego naranja, como bien lo llama Eduardo Galeano.


Texto Publicado en Revista MArvin
Noviembre de 2007
www.revistamarvin.com